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Patecho es un niño pequeño nacido
en una casa humilde cerca de un río en la parroquia de San
Martiño, en medio de un valle. le gusta jugar con sus amigos en el campo
de los Agros a buscar ranas, grillos o nidos de pájaros, a las
adivinanzas o recitados populares y a hacer juguetes con elementos de la
naturaleza. La escuela, sin embargo, no le atrae, porque no le habla de este su
mundo próximo, aunque lo pasó muy bien un día que fueron
de excursión a Fisterra a conocer el inmenso mar. Con la primavera,
llega el cuco, que no consigue ver, pero sí una pareja de golondrinas,
que hizo el nido en el techo del desván, casi encima de su cama, que se
convierte en un observatorio. En el bosque de Morzón, descubre el nido
de unas ardillas, que espía varios días hasta que, al crecer,
empiezan a moverse por el monte. Menos mal, porque así pudieron librarse
en verano del pavoroso incendio que arrasó todo. Su amor por los
animales recibe el premio de un cachorro, hijo de la perra de un amigo; es su
nuevo compañero. Con el otoño, vuelve la escuela e Patecho se
encuentra en ella con los poemas de Rosalía de Castro, en los que
también está la verdad de su mundo auténtico.
Creció: los pantalones le quedan pequeños. Y seguirá
creciendo, libre, en contacto con nuestra naturaleza. Ojalá que nunca se
olvide de soñar que vuela libre como el viento. Como todos los
niños. El mundo narrativo del niño rural incorpora un
atractivo repertorio de juegos y adivinanzas populares, que aportan un
interés añadido. |