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Cuenta el narrador en
segunda persona que Vilamollada es una villa marinera pequeña que tiene
un semáforo, nubes grises o blancas, un sol tibio, niños y
niñas... y, como todas las villas, tiene su loco, según dice la
gente, don Evaristo. El viejo vive sólo en un cuarto alquilado de la
Pensión Malola, no habla con nadie, anda por las calles todo vestido de
negro y se acerca al mar para decirle: "Palabras de sal... ¡que bien
estáis en el mar!" Acaba el paseo entrando unos minutos en la vieja
biblioteca cerrada y sale. Xulieta es una niña que se siente sola.
Sus padres están siempre trabajando y ella tiene que cuidar a la abuela,
anciana, por lo que no puede jugar con las amigas al salir de la escuela. Mira
la calle desde la ventana, observa a don Evaristo y piensa que no está
loco. Decide descubrir el misterio de su entrada en la biblioteca, a la que
entra por una ventana. Un monigote pintado en el encerado le dice que don
Evaristo entra cada día a escribir en un cuaderno y luego se va. Como se
muestra dispuesto a acompañarla, lo borra con cuidado para que pueda
salir del encerado e ir con ella hasta el mar. Una ola les explica que don
Evaristo es un poeta triste porque los niños ya no lo quieren escuchar,
que les va a decir sus poemas a las olas del mar, que lo escuchan: sus palabras
de sal. Cuando algún niño o alguna niña le devuelvan sus
palabras cariñosas, volverá a hablar y escribir poemas para
ellos. Para ello, Xulieta se va a escribir palabras hermosas en el encerado
y convoca a sus amigos a las 12 en la plaza, junto a la vieja biblioteca
cerrada. Don Evaristo les recita un poema, que ellos agradecen con entusiasmo,
y, emocionado, comienza a caminar recitando sus palabras de sal, seguido por la
niñería feliz, cual flautista de Hamelín. Xulieta
dibuja el monigote en un papel y lo pega en su cuarto, al lado de sus cantantes
favoritos. Él también parece feliz. Una primera versión
de este relato se publicó en el libro colectivo
Un saquiño de contos. |