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Roncudo Lor, el comisario jefe de policía
de la ciudad, cuenta cómo solucionó dos sucesos misteriosos
gracias a la ayuda de Bilbo Bons, el más grande y desconocido detective
de la historia. Y aunque parecen fantásticos, él asegura que
ocurrieron realmente. Estaba la ciudad consternada por la
desaparición de una simpática marsopa del zoo, cuando un
día llegó a la comisaría Bilbo y comenzó a
contarle: intrigado por la desaparición, siguió a un hombre a
quien encontró de casualidad en el mercado intentando comprar quinientos
treinta kilos de pulpo en el mercado; así dio con una fábrica de
sopa, donde, con gran peligro -pues incluso cayó en una caldera
gigantesca en la que se preparaba sopa con tropezones y el rugir de las tripas
con el hambre, que no podían solucionar las rosquillas de la tía
que siempre lo acompañan, a punto estuvo de delatarlo-, descubrió
unas placas que probaban el robo de marsopas en distintos zoos del país
para utilizarlas como tropezones, asegurando así el buen sabor de la
sopa sin gastar nada. Otra vez, lo llamó Bilbo para que fuera a un
descampado detrás del colegio en donde había veinte agujeros que
echaban humo de noche y desaparecían de día. Con grave riesgo
para sus vidas, descubrieron que el doctor Gnga pretendía,
valiéndose de unos hombres ciegos que cavaban bajo tierra con martillos
mecánicos y a la luz de unas antorchas, descubrir el camino
subterráneo construido por los cíclopes por el que caminan las
fuerzas ocultas del planeta. Entonces se convertiría en el amo del
mundo. Aunque los envolvieron en unas redes -de donde los liberó el
perro amigo de Bilbo-, la donosiña de Gnga intentó acabar con
ellos -que se salvaron gracias a los polvos de estornudar que llevaba el
ingenioso detective- y cayeron en un lago, lograron salir por los interminables
túneles al exterior. Pero, eso sí, el comisario no pudo detener
al maligno Gnga. Aunque, eso sí, descubrió el camino de los
cíclopes. Por más increíble que pueda parecer...
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