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Carme es una niña de ocho años a la
que le cambió el mundo desde que nació Pepe, un hermano que ya
tiene siete meses. Todos están pendientes de él. Su tía
Marta le regaló un cuaderno para que escriba su diario y en él
deja pasear la imaginación, cuenta su mundo de preguntas, de
porqués que no siempre encuentran respuesta adecuada en los adultos.
Pablo es su mejor amigo y compañero de clase. Con él va junto al
viejo Tomé, que les cuenta viejas historias y explica cosas curiosas de
la naturaleza. Pablo es el capitán de una panda que aprovecha las clases
de matemáticas de los viernes para repostar agua en los baños y
en el recreo competir con la de Chuvias (malo, que tira las pinturas del
estuche a Carme) a ver quién orina más lejos. Pero un día
tanto bebió que se quedó todo hinchado y en el suelo,
pálido. Al día siguiente no fue al colegio. La profe explica la
existencia de células malignas en el cuerpo y la leucemia: Pablo tiene
cáncer en la sangre y por eso no asiste a clases. Tratado con
quimioterapia, le cae el pelo y vuelve, pero no está bien. En una
excursión a la playa un cuervo marino muerto hace que Carme reflexione
sobre el cielo y el infierno. Sobre la muerte. Es verano de vacaciones y
fiestas, los gusanos de seda crecieron y echaron a volar, como mariposas vivas
del soplador de vidrio. Cilistro, marinero sin piernas, cuenta que murió
su novia, Aurora, como la aurora boreal. En el regreso a clases, Pablo ya non
volverá pues se le complicó la enfermedad con la viruela. Los
compañeros le escriben una carta. También Carme. Que ha crecido.
Acariciada por su madre, que le canta una nana escrita por su padre cuando ella
nació, le caen, lentamente, unas lágrimas. |