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Xoán Babarro: Sempre Hausa
Ilustraciones de Cruz Lago

Col. Árbore, 123. Ed. Galaxia. Vigo, 2004


Sempre Hausa

Cuenta Abdulahi (a quien desde que salió de su tierra siempre le llaman Hausa porque es de Tierra Hausa) que vivía en Níger en una choza de barro con techo de paja cultivando cacahuetes y ahora le son familiares las calles de París.
El tío Muhammal labraba máscaras de madera, que le venía a comprar Almansur, que resultó ser también un negociante de personas que llevó a cambio de dinero el hermano mayor de Hausa, Idris, para Europa. Entonces cambió la plácida vida de la familia, y el abuelo dejó de contarle las historias gloriosas de su pueblo, en los tiempos de la reina Amina, de la ciudad imperial de Katsina. Pero desde la Gran Sequía, que mató tantas cabezas de ganado, vinieron años de sequía y la comida escaseaba... y él se vio incluido en el lote de esculturas del tío: marchó con el mercader a la búsqueda de la promesa de una vida mejor.
Lo llevó en la camioneta hasta una choza en el desierto, en la que se le unieron otros dos niños negros. Los recogieron allí dos caravaneros nómadas del desierto, que los llevaron en sus dromedarios hasta Tombuctú. Allí los recogió Almansur para dejarlos en un oasis de Mauritania, la paupérrima ciudad de chabolas de Al-Kebir. Tratados como esclavos, tejían alfombritas de palma para los turistas. El único momento feliz era los sábados, cuando jugaban al fútbol y destacaban los tres como delanteros goleadores, soñando con triunfar en el deporte. Hasta que se fugaron aprovechando una visita de los nómadas, de aquel palmeral que en realidad era un terrorífico centro de explotación infantil. Escandalizados por lo que habían sufrido, los caravaneros del desierto les ofrecieron aprender el oficio de conductores de dromedarios. Los otros dos amigos aceptaron, pero él no podia: tenía que encontrar a su hermano.
Aunque sí aceptó quedar un tiempo de pastor de cabras con un matrimonio muy aficionado al rally París-Dakar, que seguía el paso de los coches. Uno de ellos tuvo que cambiar un neumático. Hausa les ayudó y ganaron la etapa. Entonces, no sin tristeza por dejar a los que habían sido sus padres durante meses, se escondió en el todoterreno y llegó a Dakar. Cuando lo vieron, los dos pilotos, que ganaron el rally, lo llevaron para París, en donde lo dejaron bajo la tutela de la oenegé Ilegales sin Fronteras.
En París estudió el bachillerato y triunfó como goleador en los juveniles del París Saint-Germain. Cuando su hermano vio su foto en la prensa fue junto a él y le contó que estaba siendo explotado en Niza con un contrato-basura por un capo mafioso que pretendía cobrarle supuestamente los gastos del viaje. Como se había convertido en un jugador muy cotizado (a quien el lector podrá reconocer si conoce a los futbolistas africanos que juegan en equipos europeos), Idris comenzó a trabajar de administrador de su dinero.
Y como recibieron la noticia de que el abuelo estaba a punto de morir, allá fueron los tres (con su novia Amina, también de Hausa, a quien conoció en París) para que los viese antes de morir. Gracias a su ayuda, la familia vivía mejor. Y, afortunadamente, su hermana Zulai había recogido por escrito todas las historias míticas del abuelo, que cuando se conozcan serán tan famosas como las del rey Arturo.

124 p. - 20x13 cm.                                                       ISBN    84-8288-688-6



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