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Cuenta Abdulahi (a quien
desde que salió de su tierra siempre le llaman Hausa porque es de Tierra
Hausa) que vivía en Níger en una choza de barro con techo de paja
cultivando cacahuetes y ahora le son familiares las calles de
París. El tío Muhammal labraba máscaras de madera, que
le venía a comprar Almansur, que resultó ser también un
negociante de personas que llevó a cambio de dinero el hermano mayor de
Hausa, Idris, para Europa. Entonces cambió la plácida vida de la
familia, y el abuelo dejó de contarle las historias gloriosas de su
pueblo, en los tiempos de la reina Amina, de la ciudad imperial de Katsina.
Pero desde la Gran Sequía, que mató tantas cabezas de ganado,
vinieron años de sequía y la comida escaseaba... y él se
vio incluido en el lote de esculturas del tío: marchó con el
mercader a la búsqueda de la promesa de una vida mejor. Lo
llevó en la camioneta hasta una choza en el desierto, en la que se le
unieron otros dos niños negros. Los recogieron allí dos
caravaneros nómadas del desierto, que los llevaron en sus dromedarios
hasta Tombuctú. Allí los recogió Almansur para dejarlos en
un oasis de Mauritania, la paupérrima ciudad de chabolas de Al-Kebir.
Tratados como esclavos, tejían alfombritas de palma para los turistas.
El único momento feliz era los sábados, cuando jugaban al
fútbol y destacaban los tres como delanteros goleadores, soñando
con triunfar en el deporte. Hasta que se fugaron aprovechando una visita de los
nómadas, de aquel palmeral que en realidad era un terrorífico
centro de explotación infantil. Escandalizados por lo que habían
sufrido, los caravaneros del desierto les ofrecieron aprender el oficio de
conductores de dromedarios. Los otros dos amigos aceptaron, pero él no
podia: tenía que encontrar a su hermano. Aunque sí
aceptó quedar un tiempo de pastor de cabras con un matrimonio muy
aficionado al rally París-Dakar, que seguía el paso de los
coches. Uno de ellos tuvo que cambiar un neumático. Hausa les
ayudó y ganaron la etapa. Entonces, no sin tristeza por dejar a los que
habían sido sus padres durante meses, se escondió en el
todoterreno y llegó a Dakar. Cuando lo vieron, los dos pilotos, que
ganaron el rally, lo llevaron para París, en donde lo dejaron bajo la
tutela de la oenegé Ilegales sin Fronteras. En París
estudió el bachillerato y triunfó como goleador en los juveniles
del París Saint-Germain. Cuando su hermano vio su foto en la prensa fue
junto a él y le contó que estaba siendo explotado en Niza con un
contrato-basura por un capo mafioso que pretendía cobrarle supuestamente
los gastos del viaje. Como se había convertido en un jugador muy
cotizado (a quien el lector podrá reconocer si conoce a los futbolistas
africanos que juegan en equipos europeos), Idris comenzó a trabajar de
administrador de su dinero. Y como recibieron la noticia de que el abuelo
estaba a punto de morir, allá fueron los tres (con su novia Amina,
también de Hausa, a quien conoció en París) para que los
viese antes de morir. Gracias a su ayuda, la familia vivía mejor. Y,
afortunadamente, su hermana Zulai había recogido por escrito todas las
historias míticas del abuelo, que cuando se conozcan serán tan
famosas como las del rey Arturo. |