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En la pastelería O Paraíso,
conocida en toda la ciudad por sus riquísimos pasteles, están
todos nerviosos apurando la elaboración de los dulces pues es el
último jueves de mes y deben acabar antes de las seis para que no ocurra
ningún incidente. Porque todos los meses pasó algo: a Lola se le
derramó toda la crema de chocolate porque el niño había
enredado el brazo en un hilo; a Charo le cayeron las tartitas que llevaba para
ahornar por culpa de una bola caída del agujereado pantalón del
chaval; Santi confundió el tarro de la pimienta con el de la canela
porque alguien se los había cambiado de sitio; y doña Remedios,
la dueña, recuerda cuando los interruptores aparecieron bajados o
aparecieron hormigas en la crema de las cañas. Siempre acontece algo
cuando el jueves -pues nunca falta- viene una hermana de doña Remedios
con su hijo Luís, un diablillo que todavía no cumplió ocho
años. Pero esta vez el niño, amenazado por la madre,
está muy formal tomando la sabrosa merienda con chocolate y dulces con
que lo agasajó la tía. Hasta que descubre una mosca intrusa.
Consciente de que no podía estar, le prepara una trampa con el chocolate
y consigue capturarla con un vaso mientras el insecto lo degusta. Orgulloso,
Luís proclama su captura y Santi se encarga de sacar la mosca
valiéndose de una bolsa, con tan mala suerte que se le escapa y,
persiguiéndola por el taller, provoca que caiga al suelo la maravillosa
tarta preparada para el banquete especial del Casino. Volvió a
suceder otro desastre, sí. Pero, esta vez, la culpa no fue de las faenas
de Luís sino de la torpeza del empleado. Por eso se lleva trozos de la
sabrosa tarta para casa. Y el próximo mes podrá volver al
Paraíso. |