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Era una vez un carbonero pobre que tenía dos hijas: la
mayor se avergonzaba de su pobreza y de su padre porque andaba sucio; a la
pequeña no le importaba su condición y era muy aguda resolviendo
enigmas. Un día, el rey, caprichoso y amante de los enigmas, les propuso
a los súbditos uno sobre un árbol de doce ramas. La
pequeña le dijo al padre a solución: el año. Cuando se la
dijo al rey, este se arrancó un pelo y le ordenó que la joven le
tajera al día siguiente una carroza de seda hecha con él. Ella le
envió por el padre una hebra de la escoba para que encontrara un
carpintero que hiciera con ella un telar con el que tejer la camisa. Entonces
el rey, admirado de su sabiduría, mandó que fuera a palacio ni
vestida ni desnuda, ni con regalos ni con las manos vacías, ni a caballo
ni a pie, por lo que ella acudió envuelta en una red, con una paloma en
la mano, a lomos de la liebre. Cuando le ofreció la paloma, que
echó a volar, él decidió que casarían pasados doces
meses. Pasado el tiempo, emisarios reales llevaron una caravana cargada de
regarlos, apropiándose de algunos en el viaje. Cuando llegaron a la
casa, ella les dijo que el padre había ido a echar agua en el agua y la
madre a ver lo nunca visto. Después de almorzar pollo -del que ella se
reservó el corazón-, despidió a los emisarios con el
encargo de que informasen al rey de que le faltaban estrellas, agua al mar y
plumas a la paloma. Cuando él se enteiró interpretó las
palabras de la joven: el padre había ido a desviar el agua del
río para mover el molino; la madre, asistir a una mujer en el parto; en
el almuerzo, la cabeza de pollo había sido para el padre por ser el
cabeza de familia; para la madre, el lomo porque lleva el peso de la casa; para
la hermana, las alas pues un día marchará y para ellos, las patas
porque habían llegado andando. Las palabras de la despedida significaban
que ellos les habían arrancado esmalte a las joyas, habían cogido
perfumes y se habían quedado con paños de oro y seda: desplumaran
a su paloma... Poco después, se casaron. Entonces, el rey la
amenazó con echarla de palacio si alguna vez la palabra de ella quedaba
por encima de la suya. Un día un forastero se quejaba de que un
año antes había cenado seis huevos duros y acababa de pagar mil
reales por cada uno, pues el posadero había alegado ante el rey que
sería lo que ganaría si una gallina los hubiese chocado.
Aconsejado por ella, se presentó de nuevo ante el rey denunciando que le
habían cortado las plantas que habían dado unas habas cocidas.
Como el rey razonó que si estaban cocidas no podían brotar
plantas, él contestó que el caso de los huevos era igual. Le
levantó el monarca la condena pero dedujo que había sido la reina
la ingeniosa consejera, por lo que la echó de palacio
concediéndole que llevase consigo lo que más amara. Le
echó un somnífero en la cena y lo llevó con ella eres en
un baúl: era lo que más quería. Entonces, el rey
enmendó su error y volvieron a palacio. Desde ese día, fue
más humilde y no dudó en aconsejarse con su
esposa. Adaptación a partir de un cuento tradicional magrebí
presentada en una edición en cartoné e ilustraciones reproducidas
en color. |