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Ánxela Loureiro: Ota quere voar
Ilustraciones de Santiago Eiroa Pazos

Col. Merlín, 138. Edicións Xerais. Vigo, 2003

Ota quere voar

Ella despertó: estaba todo a oscuras y por no saber no sabía ni quien era. Se sorprendió al ver que tenía plumas, patas y un pico, con el que rompió la blanda pared de la parte superior de lo que resultó ser la cáscara de un huevo. A su lado, de otro huevo nació una cría como ella. Entonces dos grandes aves de color blanco se acercaron al nido. Eran sus padres, y las dos pequeñas eran gaviotas, que pronto tuvieron nombre: Gai y Ota.
Ota era la más inquieta. Mientras los padres buscaban comida, caminó hasta el acantilado para ver el mar y se cayó. Pero se quedó colgada de una roca, logrando regresar al nido con ayuda del pico. Como la madre trajo una lombriz de tierra y se la dio a Gai, que así durmió tranquila, calmada el hambre, Ota, hambrienta, intentó buscar otro bicho igual; el padre, que le traía un pececillo azulado, tuvo que rescatarla de un gato que se fingió amigo. Ansiosa por aprender a volar, se arrojó desde el acantilado y malamente se sostenía en el aire cuando un gavilán le ofreció su ayuda; la llevaba con sus garras cuando la recuperaron sus padres. Los meses siguientes, Ota se dejó enseñar por ellos, hasta que aprendió a volar.
Como era mayor, tenía que procurarse la comida. Voló hasta la playa, llena de gente, y admirando el castillo de arena de unos niños se acercó tanto que uno la capturó con un cubo, la llevó para casa, encerrándola en una jaula. Ismael la cuidaba con cariño, pero ella se sentía gorda y prisionera por lo que en cuanto pudo se fugó por una ventana abierta. En su vuelo se hirió con la antena de televisión, mas aun así logró llegar a un parque, en donde se posó en un castaño, que aceptó que hiciese en él su nido a cambio de contarle lo que veía en sus viajes por el. Era feliz, pero le faltaba el mar. Voló hasta el puerto de la ciudad, junto a las gaviotas que aguardaban el alimento de los peces tirados por los marineros. Pero como los hombres estaban deshaciendo los nidos de los tejados de las casas, decidió recuperar la vida tranquila de la infancia recorriendo los acantilados marinos acompañada de la amiga Pau, a la que hirieron unos cazadores confundiéndola con un faisán. Siguiendo una bandada de gaivotas, encontrá a su familia. Ahora vivían junto a otros acantilados, pues los de la niñez los había cubierto de negro una enorme mancha que apareció en el mar y se extendió por toda la costa.
Ota entonces sintió que ya sabía quien era y con quien estaba. Y que tenía lo que quería.

90 p. - 19x14 cm.                                                  ISBN    84-9782-067-3



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