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Ella despertó: estaba todo a oscuras y por
no saber no sabía ni quien era. Se sorprendió al ver que
tenía plumas, patas y un pico, con el que rompió la blanda pared
de la parte superior de lo que resultó ser la cáscara de un
huevo. A su lado, de otro huevo nació una cría como ella.
Entonces dos grandes aves de color blanco se acercaron al nido. Eran sus
padres, y las dos pequeñas eran gaviotas, que pronto tuvieron nombre:
Gai y Ota. Ota era la más inquieta. Mientras los padres buscaban
comida, caminó hasta el acantilado para ver el mar y se cayó.
Pero se quedó colgada de una roca, logrando regresar al nido con ayuda
del pico. Como la madre trajo una lombriz de tierra y se la dio a Gai, que
así durmió tranquila, calmada el hambre, Ota, hambrienta,
intentó buscar otro bicho igual; el padre, que le traía un
pececillo azulado, tuvo que rescatarla de un gato que se fingió amigo.
Ansiosa por aprender a volar, se arrojó desde el acantilado y malamente
se sostenía en el aire cuando un gavilán le ofreció su
ayuda; la llevaba con sus garras cuando la recuperaron sus padres. Los meses
siguientes, Ota se dejó enseñar por ellos, hasta que
aprendió a volar. Como era mayor, tenía que procurarse la
comida. Voló hasta la playa, llena de gente, y admirando el castillo de
arena de unos niños se acercó tanto que uno la capturó con
un cubo, la llevó para casa, encerrándola en una jaula. Ismael la
cuidaba con cariño, pero ella se sentía gorda y prisionera por lo
que en cuanto pudo se fugó por una ventana abierta. En su vuelo se
hirió con la antena de televisión, mas aun así
logró llegar a un parque, en donde se posó en un castaño,
que aceptó que hiciese en él su nido a cambio de contarle lo que
veía en sus viajes por el. Era feliz, pero le faltaba el mar.
Voló hasta el puerto de la ciudad, junto a las gaviotas que aguardaban
el alimento de los peces tirados por los marineros. Pero como los hombres
estaban deshaciendo los nidos de los tejados de las casas, decidió
recuperar la vida tranquila de la infancia recorriendo los acantilados marinos
acompañada de la amiga Pau, a la que hirieron unos cazadores
confundiéndola con un faisán. Siguiendo una bandada de gaivotas,
encontrá a su familia. Ahora vivían junto a otros acantilados,
pues los de la niñez los había cubierto de negro una enorme
mancha que apareció en el mar y se extendió por toda la costa.
Ota entonces sintió que ya sabía quien era y con quien
estaba. Y que tenía lo que quería. |