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Una noite que se le hace interminable, víspera de
cumplir doce años, recuerda un chico -y cuenta con su voz narradora- diversos
momentos en los que experimentó miedo, desde que tenía ocho años,
cuando sus padres emigraron para Suíza y vivía en la aldea con los abuelos.
El sueño, le decían, es el mejor modo de ahuyentar los miedos. Aparece
el miedo a los truenos, cuando el abuelo le contó como nacen las tormentas, que
son travesuras de los "nubeiros". La preocupación por si un bicho le
comía un colmillo que le había caído, pues entonces el nuevo
sería como el del animal. La Guardia Civil, de presencia tan imponente, fue el
recurso para evitar que robasen en casa unos falsos vendedores de máquinas de
coser. El susto de la abuela Valentina, por si el cuclillo lo había castrado al
haberlo oído cantar antes de desayunar. La culebra que mamaba de la Cachorra, que
aplastó el ternero por no tener la precaución de meter la punta de su cola
en la boca de él para calmarlo en tanto ella mamaba. El ruido de la nevera
abierta, que confundió con la presencia del "trasno", capaz de
transformarse en el animal que quiera y hacer travesuras toda la noche en una casa, salvo
que se le coja su gorra roja. La luz misteriosa en la noche cuando cumplió diez
años, que resultó ser del reloj que le habían regalado. El terror a
la comadreja, que ataca a quien lleve color rojo y deja idiota al que se atreve a
seguirle la mirada, pero huye al oler goma quemada. El amigo ciego Martiño, que
jugaba al fútbol y reconocía a la gente por el olfato, gracias a quien
recuperó al perro Maradona. La presencia misteriosa del lobo, que con su simple
visión puede dejar mudo para siempre a cualquiera. La vaca Marela, una santa que
se dejaba sobar, huyó después de que el abuelo le pegase por haberle
golpeado con el rabo al espantar las moscas, y reapareció bajo la ventana de su
habitación. Las bromas macabras velando el cadáver de un vecino. Las almas
que se encuentran en forma de luces en los caminos, supuestas causantes de la muerte del
padre del Matachín. El coche teledirigido, con su misterioso ruido en la noche al
quedarles a los Reyes Magos con el mando encendido. Los miedos cambian cuando muere la
abuela y se trasladan al piso de la ciudad, un octavo del que sueña que cae. La
alerta materna sobre los nuevos peligros, que provoca un enorme susto cuando el panadero
pretende darle el cambio olvidado. El primer día en el colegio es objeto de las
burlas de los compañeros por hablar como los que vienen del monte y sufre la
ausencia de la madre a la salida. La impresión de la inmensidad del mar, que ve
por primera vez cando compran un televisor, se le presenta en sueños
cubriéndolo hasta ahogarlo y despierta mojado. Son todas un conjunto de
estampas que se le agolpan en la memoria cuatro años después, en las horas
de la noche que verá amanecer sus doce años. Es una larga noche
interminable porque, además, según el abuelo entra en la edad de tener
novia. Por eso no se le va del pensamiento la compañera del colegio que tanto le
gusta.
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