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Mamá Semba, cansada de barrer las calles de Luanda, buscó el
fresco bajo la frondosa mulemba bajo la que su hija Kilumba dormitaba y
sonreía. Y la niña le contó su secreto: cuando era muy
pequeña soñó que hablaban una hoja verde y otra seca.
Tapó los ojos también la madre y entraron las dos en los
sueños. Entonces hablaron las hojas como cuando Kilumba era
niña. Le contó la hoja seca y vieja a la hoja verde que antes
la gente de la aldea hacía ronda nocturna encendiendo hogueras para que
los animales salvajes huyeran de los poblados; que como es mágica
había hecho dormir al león al acecho de las gacelas y lo
había hartado de cáscaras secas, que él comía como
si fuera carne de gacela; y cuando la manada de elefantes quiso echar las
tortugas para tener toda la sombra para ellos, hizo que las hojas verdes
lloraran y por unas horas se secaran, escapando entonces los elefantes por el
calor. Porque su oficio es recoger y contar historias mágicas. Pero
todo cambió el día que llegaron en sus barcos los hombres con
coroza y mallas de hierro haciendo huir a hombres y animales. Talaron las ramas
más bajas de la mulemba para hacer fuego, mas no la cortaron de todo
pues necesitaban su sombra. Y así estarán cientos de años
hasta que un día las aves, animales y hombres vuelvan para cantar,
danzar y contar historias. Entonces despertaron madre y hija y Mamá
Semba supo que las hojas de la mulemba hablan de verdad. |