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En un árbol del bosque hay un nido y en
él Mamá Mirla está incubando un huevo. Llama a Papá
Merlo, entusiasmado escuchando un partido de balompájaro en la radio,
para que la releve. Pronto nace el mirlo, que no es negro como todos: es gris.
Todavía puede cambiar al mudar las plumas. Cambia, efectivamente, pero
para peor: ¡&es blanco! Al padre le parece una deshonra y discute con
la mirla. Visto el panorama, el pequeño mirlo blanco se marchó
para lejos, buscando un sitio en el que ser blanco no sea un delito.
Encuentra a la Gaviota, que le dice que el también es una gaviota. Le
enseña a pescar, aprovechándose de su inocencia para comer peces
a su cuenta. Luego, la Cotorra demuestra su capacidad poética intentando
que repita trabalenguas, hasta que se cansa: no quiere ser una cotorra. Para el
flamenco, su problema es de tamaño e intenta que estire, sin
éxito. Como antes de seguir sufriendo así, prefiere morir,
irrumpe el Buitre, que intenta convencerle sin éxito de que se deje
probar. Aparece entonces una Paloma Mensajera con chupa de cuero: para
averiguar si es paloma, le hace el reparto mientras ella descansa, pero el
mirlo no aguanta más y huye, dejando la última carta sin
repartir. En la carta se invita a una fiesta con comilona a quien encuentre
un mirlo blanco, por lo que el padre viene en su búsqueda. Como resulta
que se tiñó de negro al esconderse en la cheminea, el padre se
reboza de harina para blanquear y empieza a cantar, tan mal, que llueve. Con el
agua, cada uno recupera su color y al padre se le mojan las ideas: ya
está contento con el hijo blanco. Así, todos acaban felices con
una gran festa. El texto, estrenado por la Compañia
TRANVÍA-Teatro de Vigo en 1989, bajo la dirección del propio
autor, incorpora una serie de notas para la puesta en escena hecha por el
grupo. |