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Marta Matapitos, una de esas brujas que
vampirizan la energía vital de los niños, reinaba en su lugar
preferido, la escuela, de la que era directora. Aunque tenía un
problema: según Ordenator, la página de brujas en Internet,
Casilda Belida, la profesora de la biblioteca, era la más lista del
centro. La destinó para el aula de tres años: allí se
volvería vieja y fea. No le dio resultado: los niños eran felices
porque les leía cuentos. Matapitos preparó entonces una
pócima para deshacerse de ella, pero la salvó Moncho, el
conserje, y marcharon los dos a vivir a una casita de aldea. Eran bastante
felices. Contrató luego a un nuevo conserje-profe de tres
años, Maximiliano Caracortada, que ya ni recordaba si había sido
niño. Sin maña para los pequeños, consiguió
entretenerlos como malamente pudo, hasta que los llevó de
excursión al monte y allí los dejó. Solos en la noche,
encontraron un palacio lleno de golosinas, que resultó ser de Matapitos.
Encerrados, tenían que aprender la tabla del seis. Menos mal que Moncho,
que traía del súper la sopa de sobre, los rescató.
Prendieron a la bruja y Maximiliano embarcó de polisón en un
barco para Brasil. Nombraron a Casilda directora del colegio. Pero
Matapitos logró salir de la cárcel sobornando a un
guardián y raptó a los pequeños, entrando en el aula con
un tanque al no conseguir engañarles para que le abriesen. Gracias a uno
que se había escondido, los liberó Casilda. Le echó luego
combustible de aeronave al tanque: salió volando la bruja. Por el cielo
andará. Moncho volvió para el colegio de conserje.
Años después, un notario trajo un zapato de charol: quien lo
pudiese calzar heredaría las propiedades de la bruja. Como Moncho no lo
probó, pasaron para el Ayuntamiento. Por su culpa, tiene que acabar la
historia. Cuenta al final la autora otras maldades de Matapitos: intentando
evitar las ilustraciones, transformó en rana a Fran Jaraba.
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