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Catuxa tiene 11 años y 11 meses. Vive con su abuelo
Cucufate en Roibén de Arriba en el más hermoso de los
países, Comentelo, en donde las casas nacen de otras casas de un
día para otro. Cuando era pequeña sus padres emigraron al
desierto de Gobi, entre Mongolia y China, como albañiles de arena
titulados con la misión de hacer una muralla de arena ya que la de
piedra le lastimaba en los cascos al caballo del emperador. Es jurado en el
certamen anual de fumadores de pipa, resultando ganador el búho Caetano:
expulsa el humo por las orejas formando la Fraga de Umbría, de donde
hubo de huír porque el fuego, que se está extendiendo por todo el
país, la arrasó. Esa noche Catuxa sueña con un fantasma de
fuego que avanza para darle un abrazo mortal. Micaela, la adivina, guardiana de
sueños y pintora de paisajes alternativos, interpreta el sueño:
el fuego está dentro de Catuxa. Debe entrar en uno de sus cuadros de
paisajes para llegar a la casa de su sueño e impedir que el fuego
devaste el país. Emprende entonces su aventura: a través de
un cuadro-puerta llega a una gran ciudad. Ella es invisible para todos los que
perdieron la capacidad de soñar. Unos titiriteros le dicen que tiene que
conseguir el espejo del dragón raptor de una princesa. Lo obtiene
soñando y a través de él irrumpe en el cuarto de Catarina,
que parece su hermana gemela. Tiene los padres lejos, trabajando, y está
al cuidado de una institutriz en una escuela de arrabal que la obliga a ver las
tonterías de la televisión y a jugar en el ordenador muchas
horas, para que sea sumisa y no sueñe. Enontces entra también por
el espejo el Escornabois, el galeón aerostático de Indalecio, el
padrino de Catuxa, llevado por Caetano, que es un búho de arrastrar,
pues puede soportar mucho peso en vuelo. Viene también el abuelo
Cucufate y el grumete Virxilio, un chico huérfano de unos doce
años. Como el fuego había llegado hasta la aldea, todos huyeron.
Ellos, aconsejados por Micaela, atravesaron su mural de una gran ciudad.
Deciden recuperar a los padres de Catarina, que, prometiéndoles que
pronto se iba a reunir la joven con ellos, habían llevado
engañados a América para hacer juegos de ordenador y guiones de
teleseries. Irrumpe, con la ropa rota, Lucas, huído del
Paraíso Infantil, en donde quedaron centenares de niños
condenados a ver la televisión, lejos de sus padres, que llevaron
engañados. Consiguen rescatarlos y destrozan la nave industrial en la
que están recluídos: allí ya no se le volverán a
robar nunca más los sueños a ningún niño o
niña. Atravesando el Atlántico en el barco volador, Leonardo,
el camaleón de Borneo que le había traído el padrino de
regalo, avisa a Catuxa telepáticamente de que viene una tormenta.
Gracias al esfuerzo de Caetano, que le cuesta la vida, consiguen remontarla.
Llegan al Polo Norte, en donde con tanto frío el carbón no da
calentado los globos que hacen volar el barco, por lo que se ven obligados a
aterrizar. Un cuervo enviado por Micaela les dice que deben buscar una
fortaleza, pues en ella están encerrados los padres. Los dos ancianos
siguen a pie para intentar encontrarla. Mas luego aparecen un centenar de
esquimales, que aceptan guiar hasta ella a Catuxa, Virxilio (a quien le gusta
Catuxa, a la que regala unos gusanos de seda que tejen pañuelos de
colores) y los chicos. Tras siete días de viaje llegan a una ciudad
fantasma de mármol blanco, a la que los esquimales no entran por miedo a
los espectros. Una vez dentro de la fortaleza, una marioneta-arlequín
los incitas a comer e inclusso a pelear entre si por más comida, hasta
que surge la figura siniestra del Señor Bretemoso con un discurso: los
chicos tienen que dejar de soñar, siguiendo el tratamiento, y deben
renunciar a sus padres, que trabajan para él en su industria de juegos
con máquinas. Pero un grito del camaleón Leonardo se hace eco en
los niños convertido en un tornado que hace desaparecer la fortaleza y
el Señor Bretemoso. Doscientos niños y niñas fueron
despertados aquella mañana por sus padres de una pesadilla.
También Catarina, que intentó ver a su hermana Catuxa en el
espejo y solamente se vio a sí misma. Quizás porque era ella
misma en sueños; y Comentelo y Roibén también eran un
sueño. Leonardo aprovechó la cama caliente de la niña un
poco más; luego, desapareció tras el cristal del espejo.
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