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Desde la proclama poética inicial
convocando a pintar la luna de todos los colores en el lueiro de papel de
sombra tibia, la luna es invocada cómo protagonista en todos los
poemas. Ella rasga las negras telas de la noche y esconde las tristezas,
porque es como una flor del cielo. Repinta las aguas jóvenes del
río, que por eso bajan contentas. Es como un periódico sin letras
ni hojas en el que se pueden leer risas y noticias. Aunque ignora a su
ratón enamorado, habla con la lluvia y el mar buscando echarle una mano
a la pobre Terra, tan contaminada. Cocina platos ricos e invita al sol, que va
luego al trabajo y ella para cama. Duerme en el mar y ronca, por lo que la
noche se enfada anunciando el invierno. Y tiene su gran amigo en el sol: son
como dos caballitos que galopan en el cielo con los pájaros, como dos
barcos entre los peces o como mirlos y otoños que pintan
sueños. Pero la luna no quiso saber de los amores forajidos, y se
tapó los oídos. Porque es este un poemario musical, vivo y
lúdico en el que no faltan las paráfrasis de cuatro
greguerías de Ramón Gómez de lana Serna, un poema-juego
para contar y versos que son adivinanzas. |