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En
un país lejano vivía una princesa que cuidaba de cincuenta
liebres. Eran su disculpa para no casarse pese a la insistencia paterna, hasta
que un día cedió con la condición que su pretendiente
tendría que llevar las liebres al bosque tres días y volver con
ellas al pazo. Todos los aspirantes fracasaron en el empeño, hasta
que se presentaron dos jóvenes de una aldea vecina, hijos de labradores
humildes. Al mayor se le escaparon las liebres como flechas nada más
salir del castillo; cuando estaba buscándolas en el bosque, una anciana
le pidió algo de comida, pero se la negó y volvió al pazo
sin ninguna liebre. Fue luego Gaspar, el más joven, desconsolado porque
habían desterrado al hermano, pero las cosas no le fueron mejor y las
liebres se desparramaron por todas partes. Se sentó a comer y
compartió con la anciana, quien al acabar le dio un hueso lamido: un
silbido que al tocarlo hacía aparecer o desaparecer las liebres. Gracias
a él, consiguió llevarlas de vuelta al palacio. Pero como el
labrador no le gustaba a los reyes, discurrieron para que al día
siguiente la princesa, disfrazada de chica harapienta, consiguiera de él
una liebre a cambio de un beso, por lo que no podría regresar con todas
al pazo. La siguió para saber en dónde vivía y cuando vio
que entraba en el palacio se supo engañado, por lo que soplando el
silbato trajo la liebre de vuelta. Ella le contó todo, menos el beso, a
la madre, quien al día siguiente fue vestida de labradora, y
consiguió que le de ese una liebre, a la que tuvo que besar en el
hocico. Él, por sus zapatos, ya se había percatado de que era la
reina y soplando la flauta recuperó el animal. Aquella tarde fue el rey
disfrazado de arquero para pedirle una liebre a cambio del que él
quisiera. Gaspar, sospechando de la trampa, se la dio a cambio de que la besase
en el culo. Luego, con el silbido, la recuperó y esa noche entró
en palacio con todas. Entonces el rey dijo que faltaba la prueba definitiva:
organizó un banquete con príncipes y notables de los reinos
vecinos y colocando un baúl en el centro de la sala anunció que
el que quisiese casarse con su hija tendría que llenar el baúl de
verdades. Entonces Gaspar se puso a contar que la princesa disfrazada de joven
harapienta le había dado un beso por una liebre. Todos se
escandalizaron. Luego, del beso en el hocico de la reina... Y cuando iba a
decir quién era el arquero, el rey lo interrumpió: ya estaba el
baúl lleno. A la boda, invitaron incluso a los forasteros que estaban
de paso. Uno de ellos, que tenía que marcharse, llevó de regalo
cerveza en un trapo, pan en una botella, un traje de papel, un sombrero de
mantequilla y un par de zuecos de cristal. Todo se le deshizo en el camino y
Rasmus F, desnudo y con hambre, escuchó dos cañonazos celebrando
la boda. Y cuando una bala le pasó por delante, se montó en ella
y hasta aquí llegó para contar esta historia.
Adaptación a partir de un cuento tradicional danés presentada en
una edición en cartoné e ilustraciones reproducidas en
color. |