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Paco Liván: Gaspar, o pastor de lebres
Ilustraciones de Lucie Mullerova

Col. Q. OQO Editora. Pontevedra, 2007

Gaspar, o pastor de lebres

En un país lejano vivía una princesa que cuidaba de cincuenta liebres. Eran su disculpa para no casarse pese a la insistencia paterna, hasta que un día cedió con la condición que su pretendiente tendría que llevar las liebres al bosque tres días y volver con ellas al pazo.
Todos los aspirantes fracasaron en el empeño, hasta que se presentaron dos jóvenes de una aldea vecina, hijos de labradores humildes. Al mayor se le escaparon las liebres como flechas nada más salir del castillo; cuando estaba buscándolas en el bosque, una anciana le pidió algo de comida, pero se la negó y volvió al pazo sin ninguna liebre. Fue luego Gaspar, el más joven, desconsolado porque habían desterrado al hermano, pero las cosas no le fueron mejor y las liebres se desparramaron por todas partes. Se sentó a comer y compartió con la anciana, quien al acabar le dio un hueso lamido: un silbido que al tocarlo hacía aparecer o desaparecer las liebres. Gracias a él, consiguió llevarlas de vuelta al palacio.
Pero como el labrador no le gustaba a los reyes, discurrieron para que al día siguiente la princesa, disfrazada de chica harapienta, consiguiera de él una liebre a cambio de un beso, por lo que no podría regresar con todas al pazo. La siguió para saber en dónde vivía y cuando vio que entraba en el palacio se supo engañado, por lo que soplando el silbato trajo la liebre de vuelta. Ella le contó todo, menos el beso, a la madre, quien al día siguiente fue vestida de labradora, y consiguió que le de ese una liebre, a la que tuvo que besar en el hocico. Él, por sus zapatos, ya se había percatado de que era la reina y soplando la flauta recuperó el animal. Aquella tarde fue el rey disfrazado de arquero para pedirle una liebre a cambio del que él quisiera. Gaspar, sospechando de la trampa, se la dio a cambio de que la besase en el culo. Luego, con el silbido, la recuperó y esa noche entró en palacio con todas.
Entonces el rey dijo que faltaba la prueba definitiva: organizó un banquete con príncipes y notables de los reinos vecinos y colocando un baúl en el centro de la sala anunció que el que quisiese casarse con su hija tendría que llenar el baúl de verdades. Entonces Gaspar se puso a contar que la princesa disfrazada de joven harapienta le había dado un beso por una liebre. Todos se escandalizaron. Luego, del beso en el hocico de la reina... Y cuando iba a decir quién era el arquero, el rey lo interrumpió: ya estaba el baúl lleno.
A la boda, invitaron incluso a los forasteros que estaban de paso. Uno de ellos, que tenía que marcharse, llevó de regalo cerveza en un trapo, pan en una botella, un traje de papel, un sombrero de mantequilla y un par de zuecos de cristal. Todo se le deshizo en el camino y Rasmus F, desnudo y con hambre, escuchó dos cañonazos celebrando la boda. Y cuando una bala le pasó por delante, se montó en ella y hasta aquí llegó para contar esta historia.
Adaptación a partir de un cuento tradicional danés presentada en una edición en cartoné e ilustraciones reproducidas en color.

60 p. - 20x15 cm.                                                         ISBN    978-84-96788-76-3



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