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En Castrelo de Faro, pequeño pueblo
costero, vive la viuda Ramona una vida tranquila. Hasta el misterioso caso de
las gallinas. Una mañana le faltaron las dieciocho gallinas. El
Raposo Lambón, que llevaba una semana sin comer pues en otros gallineros
tampoco encontrara nada, se ofreció a ayudarle en la
investigación. Acudieron a un detective, pero de poco les sirvió:
los tendría informados cuando dedujese algo. Un folleto de turismo
caído en el gallinero con el sello de la agencia de viajes de Eudivixe
les condujo hasta su marido, Camilo, repulsivo y explotador. Lo siguió
el Raposo hasta la antigua fábrica de cerámicas abandonada, en
donde unos hombres metían en camiones a cientos de gallinas para
llevarlas de vacaciones a unos apartamentos en el "Centro de Actividades
Recreativas Solmarepraia". Intentando aproximarse a ellos, el zorro
acabó cayendo... y un palo en la cabeza le dejó sin sentido.
Informada Ramona por el diario local de que habían prendido a Raposo
como autor de los recientes robos de gallinas, se puso el vestido malva que le
favorecía y consiguió que el sargento Constante, admirador suyo,
aceptase dejarlo un día en libertad para que demostrase su inocencia.
Con Raposo disfrazado con gabardina y sombrero para no ser reconocido, un taxi
los llevó a unas misteriosas naves, en donde miles de gallinas en
butacas están pasmadas mirando la tele. Ramona reclamó las suys,
pero el lobo presidente de la empresa le contestó que todas están
allí de vacaciones por voluntad propia. Ponen tres huevos diarios,
entretenidas viendo los programas de tele-basura en cómodas
butacas-ponederos, sin moverse en todo el día para ahorrar
energía y comida. Les aprovechan todo: cuando son viejas hacen de ellas
croquetas de langosta o salchichas de ternera, comida para perros o incluso
caramelos verdes. Cuando se disponen a hacer croquetas con los dos intrusos y
una esterilla con la piel del zorro, irrumpen policías al mando del
sargento Constante, que los rescatan de las garras de la organización
del criminalísimo internacional conde de Malasherbas. De regreso en
el autobús, las gallinas le cuentan a Ramona que un día
habían recibido en el corral un folleto ofreciéndoles vacaciones
gratis y no resistieron la tentación. Entonces, para que el siempre
hambriento Raposo no tenga que seguir comiendo las gallinas, Ramona se ofrece a
darle de cenar todos los días. Es el comienzo de una buena
amistad. |