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Crispín, un viudo de setenta años,
espía a la vecina del cuarto piso, Eleonora, asomándose a la
barandilla del balcón. Incluso intenta hacerle fotos, pues está
intrigado por saber quien es Gloria, un ser misterioso que nadie
consiguió ver a quien ella le canta canciones o cuenta cuentos. Su
nieta, Xulia, que todavía no ha cumplido 8 años, es su mejor
confidente desde que se instaló en la ciudad en el piso de su hijo. A
ella le cuenta que quiso ser fotógrafo para conquistar a su mujer, su
"bordadora de sueños", en los tiempos de antes de la guerra, cuando un
retrato era como un tesoro. Un día, luego de subir juntos en el
ascensor (aunque él, por un traspiés ridículo,
decidió seguir desde el segundo piso por las escaleras), Eleonora les
invitó, a él con la nieta, a merendar en su casa y charlar un
poco. Xulia, un día que lo sorprendió mirando con tristeza las
fotos que le había hecho a su mujer, logra convencerlo de que acepte la
invitación de la vecina. Eleonora les cuenta que es hija de artistas de
circo; creció en el circo y allí trabajó de "encontadora":
bajo el nombre artístico de Crisálida, con la serpiente Gloria al
cuello, una ocarina y un tarro de bolas de colores con aspecto de caramelos
engatusaba a los niños con canciones y leyéndoles cuentos de un
libro que ellos debían continuar. Desvelado el misterio de Eleonora,
necesitada de la compañía que le daba la serpiente muerta en el
piso por un constipado, el hijo y la nuera de Crispín contemplan
emocionados como se decide a ir al circo con Eleonora, acompañados de
Xulia, recuperando así el deseo de vivir. |