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Una tarde, en la
oficina, Daniel miró alrededor y notó que lo invadía una
ola de tristeza: todo allí era gris, hasta su propia ropa. La vida
estaba fuera y él la estaba desperdiciando. Le dijo al jefe que se
encontraba mal y salió. Al pasar junto a un chalet oyó un
encantador violín, pero no conseguía ver a quien tocaba por culpa
de la altura del muro; sintió un hormiguillo en el cuerpo y se
elevó hasta el borde superior de la tapia: tocaba una niña, que
se asustó al verlo y se refugió en la casa. Bajó luego al
suelo. En casa, se elevó de nuevo al estirar el cuerpo deseando subir
para coger el café. Estaba alucinado. Él que hasta ese momento
había tenido una vida monótona y solitaria, sin amigos, pues se
ya se habían muerto... Y sintió miedo por su rareza, por si se
enteraba alguien y querían estudiarle en un hospital o así. Se
elevaba involuntariamente: en la pescadería, cuando quería vir se
había robalizas, o en el probador de los grandes almacenes. Se
pesó y había perdido medio kilo de peso diario, aunque
exteriormente no se notaba. Acudió al médico, sin que apareciese
nada raro en los análisis, por lo que le recomendó ir a un
gimnasio, pues debía de tener los músculos blandos como un
bizcocho. Un día se despertó en el techo, descubriendo que
podía hacer virguerías en el aire porque pesaba cero kilos. No se
podía distraer, pues en cuanto lo hacía se elevaba. Ató el
saco de dormir a la cama para no despertar en el aire e hizo unas sobresuelas
de plomo, que impedían la elevación. Practicaba el vuelo de noche
en el parque: ya hacía piruetas. Hasta que se empezó a hablar en
la prensa del "vampiro nocturno" y una patrulla nocturna de ciudadanos
asustados le disparó. Tuvo que salir fuera de la ciudad para
practicar. Un día encontró en una librería a una
hermosa joven, Helena, que poseía el mismo don. Le confesó su
verdad y ella le contó que le ocurría igual desde hacía
años y que controlaba su posible vuelo por medio de la esfera de un
reloj, graduando de este modo su peso. Se siguieron viendo los tres días
siguientes con mirada enamorada, hasta que el domingo ella lo condujo fuera de
la ciudad, en donde había mucha otra gente, también niños,
volando. Allí Marte le explicó que cada vez eran más los
voladores, aunque no se descubrína por por si los tomaban por una secta.
Y que seguramente todos tenemos la capacidad para hacerlo, aunque sin
desarrollar. Le regaló un reloj y él se sintió feliz con
todos, sobre todo con Helena, y supo que el mundo gris había quedado
atrás y que se había acabado para siempre el tiempo de estar
solo. La historia, el formato y las extraordinarias ilustraciones conforman
un libro sorprendente. |