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Cuando Marilinda
llegó de profesora a aquel centro de las afueras conocido como el
colegio de los "niños tristes", los que habían perdido la guerra,
la familia y cuanto poseían, se encontró con que las bocas no
tenían gana de hablar. Entonces pensó en cómo devolverles
la necesidad de usar las palabras. Para recuperárselas, les llevó
sombreros de payaso, de mago,... que tenían una pizca de magia: al
ponerlos, cada uno de ellos sería el protagonista del propio
cuento. En los días siguientes, fueron cogiendo su respectivo
sombrero preferido y contaron: de como el cocinero del palacio real
consiguió que el príncipe pequeño, que detestaba todo
cuanto le cocinaban, quisiera probar su plato después de dárselo
a oler; de la niña que quería ser astronauta y le puso trenzas a
la estrella redonda que ansiaba tener picos como todas; del mago que fallaba
los trucos porque no había llenado el sombrero con risas y
fantasías de niños y niñas que recogió en los
parques y fiestas de aniversario; de como la conductora de autobuses
logró, con una caricia, que un enorme cocodrilo de terciopelo verde
vomitara intactas las víctimas que había comido en el
autobús, mermando entonces de tamaño hasta volverse un
muñeco pequeño; del niño que fue a vivir con el abuelo
cuando le murieron los padres, y con el sombrero de dormir de él trajo
los sueños más maravillosos del mundo y ahuyentó las
pesadillas. De este modo, los niños tristes estuvieron contentos y
volvieron a repartir alegrías. |