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Para la gente del pequeño pueblo del norte, Celestino era conocido
como Tarambana porque vivía en un cobertizo junto al río, dormía
bajo las estrellas, les daba abrazos a los árboles y recorría las calles
tocando la flauta vestido con una larga capa de seda, como un guardián de
sueños, abriendo y cerrando las puertas del invierno. Los niños
querían ir detrás de él, pero las madres, temerosas de que tomasen
mal ejemplo, no se lo permitían. Por eso su única compañía
era la fiel Rosamunda, silenciosa como los gatos y pequeña como una ratita, que
andaba siempre escondida en su bolsillo y no decía ni pío, pero se
entendía con los pájaros. Una fría mañana de diciembre
Rosamunda fue a patinar por el hielo del río congelado y desapareció por un
agujero. Pese a todos los intentos Celestino no logró recuperarla ni con las
orejas ni con las manos ni con los pies, hasta que la llamó y marchó su voz
por el agujero, hasta el mar, en donde una brisa la condujo hasta Rosamunda. Entonces la
trajeron las botas de Celestino, quien se subió al árbol más alto de
la ribera e hizo sonar la flauta a los cuatro vientos hasta que las sombras bailaron y la
luna sonrrió para él desde el horizonte. Todos pensaron que se
había vuelto loco, pero lo importante es que Celestino y su secreto vivieron
felices muchos años. Edición en cartoné e ilustracións
reproducidas en color.
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