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Hace muchísimos años la Tierra se
olvidó de girar y caminar por el espacio: se quedó mirando al sol
como una tonta. Entonces, en una mitad del planeta se instaló el
día y en la otra era siempre de noche. En aquella, la gente trabajaba
hasta que se dormía agotada, las aves nocturnas caían de los
árboles como hojas muertas y los labradores tenían que
"descultivar" las plantas, que no paraban de crecer. En el lado oscuro,
ocurría lo contrario: los árboles se marchitaron hasta
desaparecer bajo tierra y la gente temblaba de frío. El tiempo
pasaba y nadie encontraba solución al problema. Una niña,
Luceiro, que sabía caminar sobre una pelota de colores, sostenía
que podía arreglarlo, pero nadie la creyó. Mientras, todo
cambió: en la mitad de la luz decidieron hacer las casas sin ventanas y
a sus habitantes se les puso la piel negra, los ojos chiquitos y algunos
llegaron a medir cuatro metros; los de los países de noche perpetua no
podían encender el fuego ni los coches para no gastar oxígeno y
tenían ojos muy grandes y orejas enormes. El intercambio de viviendas
cada semana, tampoco dio resultado. Luceiro, ya una anciana, propuso
entonces que todos los habitantes del planeta empezasen a caminar
sincronizados. En cuanto lo hicieron, la Tierra volvió a andar. Y los
hombres recuperaron su aspecto. Aunque no todos: los gnomos y los gigantes de
las lámparas maravillosas no cambiaron nada. Desde ese día
Luceiro es la encargada de apagar las estrellas al amanecer. Una primera
versión de esta historia figura en la publicación colectiva
"Retrincos de historias" con el título de Cando a terra perdeu a memoria. |