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Reúne 25 piezas breves para todos los
gustos y edades, que nacen para ser representadas desde una concepción
de teatro lúdico enraizado en nuestras tradiciones. Hay textos para
las diferentes edades, con gran variedad temática y formal, buscando la
práctica posible del juego dramático. Así, las obritas
dirigidas a los más pequeños son simplemente gestuales: las
piezas de un puzzle que componen el nombre y una obra de un artista; unos
personajes que imitan elementos de la naturaleza; un niño hace que una
simple vara sea una batuta, una escopeta o un cordón... El baile y la
música no pueden faltar: los pequeños componen figuras con
alegres colores, hacen de olas y de barco que no puede navegar o de arco iris
con eco que repite su canción. Hasta componer una miniópera con
una rana y un grillo cantores. Los animales tienen un importante
protagonismo, desde el loro de vida aventurera que se cree un hombre y por
tanto superior a los otros animales, hasta el zorro que le robó las
palabra a los hombres y se las entregó a los animales, que así
alcanzan su libertad definitiva y son dueñs de su destino con la
razón y la sabiduría que les da la Palabra. Aunque a veces sus
vicios son humanos, como los del cuclillo, la burra y el zorro que quieren el
huevo enorme del gallo porquen piensan que es de oro. Hay historias de
amor, como la de Lindaflor, hija de marqueses que solamente se cura cuando le
traen a su príncipe azul o de maldad, como el fuelle avarto que
pretendía robarles el aires a los seres vivos. Y hay juegos con la
propia literatura: las letras se juntan para formar el libro de Pinocho;
Gulliver, Alicia y el Principito recorren el mundo; Arlequino y Pierrot pugnan
por el amor de Colombina. Y metateatro: el Chapeu, el Bigote o los Anteollos
necesitan un personaje para sentirse vivos; las máscaras non tienen amo;
los actores que hacen de máquina que fabrica armas se niegan a seguir
asumiendo su rol: hacen caramelos, que regalan al público. Como en
el viaje en tren desde el desierto al Polo Norte, todo es posible. La magia de
don Bilitroque, que se hace desaparecer a sí mismo, también puede
justificar que aparezca una vendedora de deseos que los cambia por suspiros,
que una sombra cobre vida propia o que una dentadura postiza se ría
cuando está sin amo. O que la estatua discuta con el escultor, con un
guardia y luego baje del pedestal y se ponga a bailar. A jugar.
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