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El zapatero Zapeto recibió un
día el encargo de unas botas para el rey, que iba a visitar las zonas
más pobres y peor comunicadas del reino. Fue a la feria a buscar la
mejor piel, que consiguió comprándoles a unos titiriteros la de
la vaca Marela, todavía llorado por su amo por haber tenido que
venderla. Hizo luego las botas, se las llevó a una meiga para que las
hiciese relucir y se las vendió al rey. Cuentan luego las propias
botas cómo en el palacio real los zapatos de calidad las despreciaban.
Pero el rey las calzó y, llevado por ellas, visitó los lugares
más pobres del reino. Hasta que un perro, que había sido amigo de
la vaca, las robó. Murió apretándolas contra sí.
Fueron a parar después a un quincallero, a quien se las compró un
lavacoches. Aunque evitaron el robo de un coche asustando al ladrón con
ayuda de un ratoncillo, acabaron tiradas en el contenedor de la basura, de
donde las recogió un vagabundo. Con él vivieron felices en su
miseria, que incluso compartieron un niño huído de casa por la
incomprensión familiar y el valioso perro de una marquesa, que se quiso
unir al vagabundo. Cuando murió, tenía las botas apretadas en sus
manos. Las quemaron con todas sus pertenencias. "Quen menos tiña foi
quen máis nos deu". |